jueves, 6 de agosto de 2026

Tiempos de Anestesia

Crítica a la empatía y a su alternativa racional

Por: Said Abat Jiménez Mayorga

Escuela de Pedagogía, Grupo de Investigación Infancias, educación y contexto.

Facultad de Ciencias Humanas y del Educación Unillanos



Hoy en día nadie piensa que la falta de empatía sea algo bueno. Las empresas y las escuelas, así como las campañas políticas y las apps de citas, se muestran con empatía. Como virtud, la empatía significa ponerte en el lugar de otro y escuchar con el corazón. Sin embargo, suele ocurrir que si algo tiene un acuerdo universal, probablemente sea más probable que haya una falta de algo. Vale la pena preguntarse por qué existe un consenso de que la empatía es buena y la falta de cuestionamiento es mala. Byung-Chul Han ayuda a explicar esto.

Byung-Chul Han escribe que en la economía neoliberal, explotar el trabajo ya no requiere un opresor externo. El trabajador neoliberal ahora está convencido de producir para su propia satisfacción, pero irónicamente ha caído víctima de su propia explotación. En este régimen, se entrena el capital afectivo. Esto significaría que las emociones de la fuerza laboral se miden y refinan para calificarlas para el empleo y, por tanto, se les enseña empleando la empatía como técnica de gestión, en lugar de como medio para alterar fundamentalmente el sistema capitalista neoliberal, que es el fracaso de esta técnica. Comentar sobre este cautiverio neoliberal no es satisfactorio por sí solo. Es importante examinar qué se ha hecho para ofrecer alternativas a este plano.

Por eso propone reemplazarla por una compasión racional, una preocupación imparcial guiada por el cálculo de consecuencias y no por la resonancia afectiva del momento. Su argumento es valioso y refuerza en efecto la sospecha de que el evangelio contemporáneo de la empatía no es tan inocente como se presenta.

Pese a ello esa salida arrastra un problema que el propio Bloom no logra ver. La compasión racional sigue siendo una tarea que recae sobre el individuo aislado que ahora debe autorregular, no ya sus afectos, sino sus cálculos cambiando el contenido de la autogestión de sentir bien a razonar bien pero conservando su forma porque sigue siendo el sujeto en última instancia el propio tribunal interior mientras la estructura que produce el sufrimiento nunca entra en cuestión. Superar la empatía con más racionalidad individual entonces no desmonta el dispositivo que escribe Han; simplemente lo actualiza con otro vocabulario.

Frente a ese callejón sin salida propongo una categoría distinta que vengo elaborando y es producto de mi investigación doctoral: la del sujeto anestesiado. Por anestencia no entiendo la ausencia de sensibilidad sino la pérdida de conciencia histórica, la incapacidad de percibir el conflicto estructural como conflicto de reconocer el antagonismo de clase, género o poder como el terreno real donde ocurre la vida social y no como una serie de casos individuales que reclaman más o menos sensibilidad privada. Un sujeto anestesiado no es alguien insensible. Al contrario, puede estar saturado de estímulos afectivos, de indignación, de empatía, compasión, sin que ninguno lo devuelva jamás a la pregunta por las condiciones materiales que producen el sufrimiento que lo consumen.

Vistas desde esta categoría la empatía neoliberal que critica Han y la compasión racional con mas frialdad que propone Bloom, dejan de ser alternativas pasando a ser variantes de un mismo sintoma. Es así como esta anestesia afectiva anestesia la otra , calculada. Ambas comparten el gesto de individualizar la respuesta al sufrimiento ajeno, pues la primera pide sentir mas y la segunda pide sentir menos y calcular mejor. Aun así ninguna de las dos explica por qué existe, de manera sistematica y no accidental, la distancia entre quien puede permitirse empatizar o calcular con calma y quien solo puede sobrevivir al sufrimiento que otros administran.

De ahí que la tarea no sea elegir entre empatizar más o razonar con más frialdad, sino desanestesiar recuperando la capacidad de leer el sufrimiento, propio y ajeno, como síntoma de una estructura y no como una ocasión de perfeccionamiento personal. Sea afectivo o racional. Esto no implica descartar la empatía ni la compasión como experiencias humanas legítimas, sino rehusarse a que cualquiera de las dos funcione como sustituto de la organización colectiva y de la crítica material de las condiciones que producen el sufrimiento en primer lugar. Porque una empatía o una compasión que no desemboquen en esa pregunta estructural seguirán siendo, en el fondo, una forma más de autoexplotación con buena conciencia.

Es por eso que el verdadero desafío, no es ni pedagogico ni terapeutico, no se trata, pues, de enseñar a sentir mejor o a razonar con mas objetividad. El carácter desanestesiador es político, en sentido fuerte. Se trata es de recuperar la conciencia histórica que el neoliberalismo , con su doble oferta de empatía sentimental y compasión calculadora, se ha encargado sistematicamente  de anestesiar.