Crítica a la empatía y a su alternativa racional
Por: Said Abat Jiménez Mayorga
Escuela de Pedagogía, Grupo de Investigación Infancias, educación y contexto.
Facultad de Ciencias Humanas y del Educación Unillanos
Hoy en día nadie piensa que la falta de empatía sea algo
bueno. Las empresas y las escuelas, así como las campañas políticas y las apps
de citas, se muestran con empatía. Como virtud, la empatía significa ponerte en
el lugar de otro y escuchar con el corazón. Sin embargo, suele ocurrir que si
algo tiene un acuerdo universal, probablemente sea más probable que haya una
falta de algo. Vale la pena preguntarse por qué existe un consenso de que la
empatía es buena y la falta de cuestionamiento es mala. Byung-Chul Han ayuda a
explicar esto.
Byung-Chul Han escribe que en la economía neoliberal, explotar el trabajo ya no requiere un opresor externo. El trabajador neoliberal ahora está convencido de producir para su propia satisfacción, pero irónicamente ha caído víctima de su propia explotación. En este régimen, se entrena el capital afectivo. Esto significaría que las emociones de la fuerza laboral se miden y refinan para calificarlas para el empleo y, por tanto, se les enseña empleando la empatía como técnica de gestión, en lugar de como medio para alterar fundamentalmente el sistema capitalista neoliberal, que es el fracaso de esta técnica. Comentar sobre este cautiverio neoliberal no es satisfactorio por sí solo. Es importante examinar qué se ha hecho para ofrecer alternativas a este plano.
Por eso propone reemplazarla por una compasión
racional, una preocupación imparcial guiada por el cálculo de consecuencias y
no por la resonancia afectiva del momento. Su argumento es valioso y refuerza
en efecto la sospecha de que el evangelio contemporáneo de la empatía no es tan
inocente como se presenta.
Pese a ello
esa salida arrastra un problema que el propio Bloom no logra ver. La compasión
racional sigue siendo una tarea que recae sobre el individuo aislado que ahora
debe autorregular, no ya sus afectos, sino sus cálculos cambiando el contenido
de la autogestión de sentir bien a razonar bien pero conservando su forma
porque sigue siendo el sujeto en última instancia el propio tribunal interior
mientras la estructura que produce el sufrimiento nunca entra en cuestión. Superar
la empatía con más racionalidad individual entonces no desmonta el dispositivo
que escribe Han; simplemente lo actualiza con otro vocabulario.
Frente a
ese callejón sin salida propongo una categoría distinta que vengo elaborando y
es producto de mi investigación doctoral: la del sujeto anestesiado. Por
anestencia no entiendo la ausencia de sensibilidad sino la pérdida de
conciencia histórica, la incapacidad de percibir el conflicto estructural como
conflicto de reconocer el antagonismo de clase, género o poder como el terreno
real donde ocurre la vida social y no como una serie de casos individuales que
reclaman más o menos sensibilidad privada. Un sujeto anestesiado no es alguien
insensible. Al contrario, puede estar saturado de estímulos afectivos, de
indignación, de empatía, compasión, sin que ninguno lo devuelva jamás a la
pregunta por las condiciones materiales que producen el sufrimiento que lo
consumen.
Vistas
desde esta categoría la empatía neoliberal que critica Han y la compasión
racional con mas frialdad que propone Bloom, dejan de ser alternativas pasando
a ser variantes de un mismo sintoma. Es así como esta anestesia afectiva
anestesia la otra , calculada. Ambas comparten el gesto de individualizar la
respuesta al sufrimiento ajeno, pues la primera pide sentir mas y la segunda
pide sentir menos y calcular mejor. Aun así ninguna de las dos explica por qué
existe, de manera sistematica y no accidental, la distancia entre quien puede
permitirse empatizar o calcular con calma y quien solo puede sobrevivir al
sufrimiento que otros administran.
De ahí que
la tarea no sea elegir entre empatizar más o razonar con más frialdad, sino desanestesiar
recuperando la capacidad de leer el sufrimiento, propio y ajeno, como síntoma
de una estructura y no como una ocasión de perfeccionamiento personal. Sea
afectivo o racional. Esto no implica descartar la empatía ni la compasión como
experiencias humanas legítimas, sino rehusarse a que cualquiera de las dos
funcione como sustituto de la organización colectiva y de la crítica material
de las condiciones que producen el sufrimiento en primer lugar. Porque una
empatía o una compasión que no desemboquen en esa pregunta estructural seguirán
siendo, en el fondo, una forma más de autoexplotación con buena conciencia.
Es por eso
que el verdadero desafío, no es ni pedagogico ni terapeutico, no se trata, pues,
de enseñar a sentir mejor o a razonar con mas objetividad. El carácter
desanestesiador es político, en sentido fuerte. Se trata es de recuperar la
conciencia histórica que el neoliberalismo , con su doble oferta de empatía
sentimental y compasión calculadora, se ha encargado sistematicamente de anestesiar.