sábado, 22 de agosto de 2026

Enseñar frente al muro

 

 

Por: Otto Gerardo Salazar Pérez

        Docente Facultad Ciencias Humanas y de la Educación.

       Grupo de Estudio Da Vinci  

 

Es y ha sido un poco soberbia la pretensión que tiene la escuela de endosarse con exclusividad la tarea de enseñar la lectura y escritura. Suelen ellas discurrir por senderos felices apartados de las aulas.”

                                    

La escuela ha demostrado, reiteradamente,  su incapacidad para enseñar a leer y escribir. Y esto se debe a que la lectura y la escritura, tienen una historia más larga, muy anterior, a la creación de la escuela, y ha discurrido por variados cauces no sujetas al disciplinamiento escolar ni la formación en las disciplinas para el aprendizaje de los oficios.

A alguien se le ocurrió, con el proyecto de modernidad que, con la misión de educar a los niños, se podía delegar en ella la responsabilidad de enseñar a leer y a escribir. Y aunque la escuela tuvo logros significativos en la masificación de la educación, la socialización y la preparación previa para el trabajo, falló en la enseñanza de la lectura y la escritura.

Ha cumplido procesos de alfabetización básicos, pero eso no es lectura, es simple habilitación para “decodificación”. Es decir, la escuela cumple con formar lectores funcionales, que aprenden sobre todo a leer instrucciones con el fin de cumplir órdenes. Pero salen a nutrir la sociedad como “ciudadanos” hechos a medias, iletrados, es decir, sujetos alfabetizados que sin embargo no leen, o leen muy poco. Ahí muere también el pensamiento crítico.

Es y ha sido un poco soberbia y forzada la pretensión que tiene la escuela de endosarse con exclusividad la tarea de enseñar la lectura y escritura. Hace unas decenas de años -los abuelos lo recuerdan-, la escuela llegó a utilizar métodos de tortura para la enseñanza de la letras, como el arrodillamiento sobre granos en la esquina del salón, el reglazo en la manos, halones, tirones de pelo, coscorrones y otros exquisiteces en la relación docente alumno. El eslogan de sadismo: “La letra con sangre entra”.

Aunque hoy se prohíbe el castigo físico, existen las maneras de frialdad, ironía, burla, lectura forzada, resúmenes a la letra y otras modalidades. En la escuela se sigue creyendo que la lectura y escritura es responsabilidad exclusiva del maestro de lenguaje, mientras el resto de profesores de otras disciplinas, ellos mismos, son pobrísimos lectores y nulos escritores en su escuela. A lo que se aplican fiel y esmeradamente es a los formatos y directivas del ministerio para describir la rutina escolar sin reflexión ni sentido.

Mientras, la verdadera lectura y escritura, suelen ellas discurrir por senderos felices apartados de las aulas. En el dormitorio, en el banco de parque, en la playa, en la fila, en los teatros, en la librerías, en los talleres de literatura, en la historia secreta que alguien tiene para contar, en el diario personal para describir las cuitas y aclarar los sentimientos. En la literatura para evadirnos, para aprender de otros y contemplar otros paisajes sentados en los banquitos de Pedro René. Lectura y escritura  que nos hace cultos y nos hace amigos de otros seres humanos al compartir nuestras impresiones, para amar, para comunicar con otros seres, para sentar un testimonio para los nuestros, para disfrutar, para hallarnos con nosotros mismos, todas esas cosas.

Justo la lectura que existía y discurría por diversos causes no forzados antes de la existencia de la escuela. ¿Qué debería hacer la escuela al respecto, entonces?

Primero, abandonar con humildad su pretensión. Segundo, humanizar, desmontar la línea de montaje, el ensamblaje de seres humanos que deben aprender según un currículo, una metodología y procesos evaluativos que restan el sentido, mérito y socaban el deseo de aprender que tiene todo ser humano. El primer día de escuela en el cual el maestro obliga a su discípulo a permanecer sentado y leer, sacrifica y acaba todo amor posible a la lectura y a los libros.

Aunque la escuela se mese los cabellos y se queje en conciliábulos de que es imposible consolidar comunidades académicas porque los muchachos no leen por las tecnologías o por lo que sea, deberían aprender de ello la lección y reconocerse como los mayores responsables.

Está bien leer en interés del aprendizaje del oficio, pero es la lectura de menos y la más empobrecedora si no llegan a las manos de los aprendices otros textos como: “Las mil y una noches”, “El quijote de la mancha”, “La Ilíada”, “La Odisea”, “Cien años de soledad”, “Pedro Páramo”. Apenas una puerta, unos tiquetes para entrar a un universo del arte, del pensamiento y la sabiduría humana.

 






jueves, 6 de agosto de 2026

Tiempos de Anestesia

Crítica a la empatía y a su alternativa racional

Por: Said Abat Jiménez Mayorga

Escuela de Pedagogía, Grupo de Investigación Infancias, educación y contexto.

Facultad de Ciencias Humanas y del Educación Unillanos



Hoy en día nadie piensa que la falta de empatía sea algo bueno. Las empresas y las escuelas, así como las campañas políticas y las apps de citas, se muestran con empatía. Como virtud, la empatía significa ponerte en el lugar de otro y escuchar con el corazón. Sin embargo, suele ocurrir que si algo tiene un acuerdo universal, probablemente sea más probable que haya una falta de algo. Vale la pena preguntarse por qué existe un consenso de que la empatía es buena y la falta de cuestionamiento es mala. Byung-Chul Han ayuda a explicar esto.

Byung-Chul Han escribe que en la economía neoliberal, explotar el trabajo ya no requiere un opresor externo. El trabajador neoliberal ahora está convencido de producir para su propia satisfacción, pero irónicamente ha caído víctima de su propia explotación. En este régimen, se entrena el capital afectivo. Esto significaría que las emociones de la fuerza laboral se miden y refinan para calificarlas para el empleo y, por tanto, se les enseña empleando la empatía como técnica de gestión, en lugar de como medio para alterar fundamentalmente el sistema capitalista neoliberal, que es el fracaso de esta técnica. Comentar sobre este cautiverio neoliberal no es satisfactorio por sí solo. Es importante examinar qué se ha hecho para ofrecer alternativas a este plano.

Por eso propone reemplazarla por una compasión racional, una preocupación imparcial guiada por el cálculo de consecuencias y no por la resonancia afectiva del momento. Su argumento es valioso y refuerza en efecto la sospecha de que el evangelio contemporáneo de la empatía no es tan inocente como se presenta.

Pese a ello esa salida arrastra un problema que el propio Bloom no logra ver. La compasión racional sigue siendo una tarea que recae sobre el individuo aislado que ahora debe autorregular, no ya sus afectos, sino sus cálculos cambiando el contenido de la autogestión de sentir bien a razonar bien pero conservando su forma porque sigue siendo el sujeto en última instancia el propio tribunal interior mientras la estructura que produce el sufrimiento nunca entra en cuestión. Superar la empatía con más racionalidad individual entonces no desmonta el dispositivo que escribe Han; simplemente lo actualiza con otro vocabulario.

Frente a ese callejón sin salida propongo una categoría distinta que vengo elaborando y es producto de mi investigación doctoral: la del sujeto anestesiado. Por anestencia no entiendo la ausencia de sensibilidad sino la pérdida de conciencia histórica, la incapacidad de percibir el conflicto estructural como conflicto de reconocer el antagonismo de clase, género o poder como el terreno real donde ocurre la vida social y no como una serie de casos individuales que reclaman más o menos sensibilidad privada. Un sujeto anestesiado no es alguien insensible. Al contrario, puede estar saturado de estímulos afectivos, de indignación, de empatía, compasión, sin que ninguno lo devuelva jamás a la pregunta por las condiciones materiales que producen el sufrimiento que lo consumen.

Vistas desde esta categoría la empatía neoliberal que critica Han y la compasión racional con mas frialdad que propone Bloom, dejan de ser alternativas pasando a ser variantes de un mismo sintoma. Es así como esta anestesia afectiva anestesia la otra , calculada. Ambas comparten el gesto de individualizar la respuesta al sufrimiento ajeno, pues la primera pide sentir mas y la segunda pide sentir menos y calcular mejor. Aun así ninguna de las dos explica por qué existe, de manera sistematica y no accidental, la distancia entre quien puede permitirse empatizar o calcular con calma y quien solo puede sobrevivir al sufrimiento que otros administran.

De ahí que la tarea no sea elegir entre empatizar más o razonar con más frialdad, sino desanestesiar recuperando la capacidad de leer el sufrimiento, propio y ajeno, como síntoma de una estructura y no como una ocasión de perfeccionamiento personal. Sea afectivo o racional. Esto no implica descartar la empatía ni la compasión como experiencias humanas legítimas, sino rehusarse a que cualquiera de las dos funcione como sustituto de la organización colectiva y de la crítica material de las condiciones que producen el sufrimiento en primer lugar. Porque una empatía o una compasión que no desemboquen en esa pregunta estructural seguirán siendo, en el fondo, una forma más de autoexplotación con buena conciencia.

Es por eso que el verdadero desafío, no es ni pedagogico ni terapeutico, no se trata, pues, de enseñar a sentir mejor o a razonar con mas objetividad. El carácter desanestesiador es político, en sentido fuerte. Se trata es de recuperar la conciencia histórica que el neoliberalismo , con su doble oferta de empatía sentimental y compasión calculadora, se ha encargado sistematicamente  de anestesiar.