Por: Otto Gerardo Salazar Pérez
Docente Facultad Ciencias Humanas y de la Educación.
Grupo de Estudio Da Vinci
“Es y ha sido un poco soberbia la pretensión que tiene la escuela de endosarse con exclusividad la tarea de enseñar la lectura y escritura. Suelen ellas discurrir por senderos felices apartados de las aulas.”
La escuela ha demostrado,
reiteradamente, su incapacidad para
enseñar a leer y escribir. Y esto se debe a que la lectura y la escritura,
tienen una historia más larga, muy anterior, a la creación de la escuela, y ha
discurrido por variados cauces no sujetas al disciplinamiento escolar ni la
formación en las disciplinas para el aprendizaje de los oficios.
A alguien se le ocurrió, con el
proyecto de modernidad que, con la misión de educar a los niños, se podía
delegar en ella la responsabilidad de enseñar a leer y a escribir. Y aunque la
escuela tuvo logros significativos en la masificación de la educación, la
socialización y la preparación previa para el trabajo, falló en la enseñanza de
la lectura y la escritura.
Ha cumplido procesos de
alfabetización básicos, pero eso no es lectura, es simple habilitación para “decodificación”.
Es decir, la escuela cumple con formar lectores funcionales, que aprenden sobre
todo a leer instrucciones con el fin de cumplir órdenes. Pero salen a nutrir la
sociedad como “ciudadanos” hechos a medias, iletrados, es decir, sujetos
alfabetizados que sin embargo no leen, o leen muy poco. Ahí muere también el
pensamiento crítico.
Es y ha sido un poco soberbia y forzada la pretensión que
tiene la escuela de endosarse con exclusividad la tarea de enseñar la lectura y
escritura. Hace unas decenas de años -los abuelos lo recuerdan-, la escuela
llegó a utilizar métodos de tortura para la enseñanza de la letras, como el
arrodillamiento sobre granos en la esquina del salón, el reglazo en la manos,
halones, tirones de pelo, coscorrones y otros exquisiteces en la relación
docente alumno. El eslogan de sadismo: “La letra con sangre entra”.
Aunque hoy se prohíbe el castigo físico, existen las maneras
de frialdad, ironía, burla, lectura forzada, resúmenes a la letra y otras
modalidades. En la escuela se sigue creyendo que la lectura y escritura es
responsabilidad exclusiva del maestro de lenguaje, mientras el resto de
profesores de otras disciplinas, ellos mismos, son pobrísimos lectores y nulos
escritores en su escuela. A lo que se aplican fiel y esmeradamente es a los
formatos y directivas del ministerio para describir la rutina escolar sin reflexión
ni sentido.
Mientras, la verdadera lectura y escritura, suelen ellas
discurrir por senderos felices apartados de las aulas. En el dormitorio, en el
banco de parque, en la playa, en la fila, en los teatros, en la librerías, en
los talleres de literatura, en la historia secreta que alguien tiene para
contar, en el diario personal para describir las cuitas y aclarar los
sentimientos. En la literatura para evadirnos, para aprender de otros y
contemplar otros paisajes sentados en los banquitos de Pedro René. Lectura y
escritura que nos hace cultos y nos hace
amigos de otros seres humanos al compartir nuestras impresiones, para amar,
para comunicar con otros seres, para sentar un testimonio para los nuestros,
para disfrutar, para hallarnos con nosotros mismos, todas esas cosas.
Justo la lectura que existía y discurría por diversos causes
no forzados antes de la existencia de la escuela. ¿Qué debería hacer la escuela
al respecto, entonces?
Primero, abandonar con humildad su pretensión. Segundo,
humanizar, desmontar la línea de montaje, el ensamblaje de seres humanos que
deben aprender según un currículo, una metodología y procesos evaluativos que
restan el sentido, mérito y socaban el deseo de aprender que tiene todo ser
humano. El primer día de escuela en el cual el maestro obliga a su discípulo a
permanecer sentado y leer, sacrifica y acaba todo amor posible a la lectura y a
los libros.
Aunque la escuela se mese los cabellos y se queje en
conciliábulos de que es imposible consolidar comunidades académicas porque los
muchachos no leen por las tecnologías o por lo que sea, deberían aprender de
ello la lección y reconocerse como los mayores responsables.
Está bien leer en interés del aprendizaje del oficio, pero es
la lectura de menos y la más empobrecedora si no llegan a las manos de los
aprendices otros textos como: “Las mil y una noches”, “El quijote de la
mancha”, “La Ilíada”, “La Odisea”, “Cien años de soledad”, “Pedro Páramo”.
Apenas una puerta, unos tiquetes para entrar a un universo del arte, del pensamiento
y la sabiduría humana.
